Perseguida by Karen Robards

Perseguida by Karen Robards

Author:Karen Robards
Language: es
Format: mobi
Tags: det_political
Published: 2010-12-28T23:00:00+00:00


Capítulo 18

Cuando se metió en la ducha, Jess estaba tiritando por el miedo y a saber por qué más. Además, le dolía la espalda. Le dolían las piernas. Tenía el corazón en la garganta. La posibilidad de caerse redonda al suelo era cada vez más real.

Pero no iba a permitir que eso sucediera. Porque ése era el momento de hacerse la fuerte. Más que nunca. Apretó los dientes, abrió los grifos y se metió bajo el agua.

Más que ninguna otra cosa, le encantaría poder volver a casa. Darse una ducha en su propio cuarto de baño, meterse en su cama y fingir que nada de eso había sucedido.

Si pudiera retroceder en el tiempo hasta el sábado por la noche, no cogería el teléfono ni de coña.

Claro que no podía dar marcha atrás. Había cogido el teléfono, y allí estaba.

Duchándose en el cuarto de baño de un agente del servicio secreto que estaba cañón, pero en quien no estaba segura de poder confiar.

Y sobresaltándose cada vez que se movían las cortinas de la ducha o escuchaba un ruido, porque le aterraba la posibilidad de que alguien intentara matarla de nuevo.

Además de Ryan, había otros tres agentes del servicio secreto en la planta baja. Cosa que, a primera vista, sería de agradecer. Ella no estaba tan segura. Esos tres podían ser gente legal, como Ryan parecía pensar.

Pero tal vez no lo fueran.

Y eso sin contar con el cuarto agente en cuestión, Ryan. Estaba casi segura de que él, él en concreto, no quería matarla.

Así que, ¿por qué no le había dicho que sospechaba que el servicio secreto estaba involucrado en todo aquello?

La respuesta estaba clarísima, por triste que fuera. Confiaba en Ryan, sí, pero no lo suficiente. En lo que a él se refería, todavía conservaba una pizca de recelo. Tal vez estuviera fingiendo ayudarla mientras preparaba algo mucho mayor. Tal vez si se enteraba de sus sospechas sobre el servicio secreto, dejaría de fingir y haría lo que fuese que hubiera planeado, cosa que seguramente incluyera su muerte.

«Te estás comiendo el tarro», se dijo.

Estaba tan cansada que era imposible razonar con claridad, así que lo dejó. En un intento por desterrar todos esos pensamientos de su cabeza, se concentró en el presente. El agua caliente ayudó, porque alivió la tiritona y la calmó bastante. De hecho, hacía días que no se sentía tan bien. Se mantuvo bajo el agua durante un buen rato mientras se lavaba el pelo y se enjabonaba de la cabeza a los pies, y después dejó que el agua caliente le aliviara la rigidez de la espalda y de las piernas.

Las dos pastillas que se había tomado antes de entrar en la ducha, calmantes que le habían recetado antes de darle el alta y que llevaba en el bolso, ayudaron bastante cuando comenzaron a hacerle efecto.

Cuando por fin salió de debajo del agua, se envolvió en una toalla naranja muy fina que cogió del armarito situado junto al lavabo y después de liarse otra en el pelo, limpió el espejo para poder mirarse.



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